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El surgimiento de las ideologías políticas

Pintura de Eugene Delacroix - La libertad guiando al pueblo

En los seres humanos entenderemos por “carácter” al sustituto humano del instinto animal. Mientras los animales están dotados de un componente instintual fijo, en el ser humano su equivalente se forma también en los primeros años de vida pero difiere en cada individuo. Sin embargo lo que mantienen en común es que en ambos casos ofrecen una forma de afrontar lo que nos puede llegar del exterior. Por ejemplo, en el caso de una persona avara ésta siempre tenderá a evitar gastos y a buscar el ahorro ante una nueva situación que se le presente.
Este carácter tendrá consecuencias decisivas en la vida del individuo. Una de las principales es que, debido a que existe una clara correlación entre el carácter de cada individuo y la orientación ideológica en la que éste terminará derivando, su forma de pensar quedará decidida por su “carácter”. Cuando una orientación del carácter es firme terminará fructificando ideológicamente y, fácilmente, podrá también derivar en una orientación política. Esto es así porque las diversas formas de entender la política siempre se nutren de una determinada orientación ideológica.
Resulta habitual que, cuando la orientación política es definida, ésta no cambie. Variar implicaría comprender la realidad de otra manera y, sobre todo, que el carácter del individuo cambiase de alguna forma significativa. Debido a la estaticidad de carácter el mundo se nos muestra a lo largo de todas nuestras vidas como esencialmente el mismo. Incluso puede darse el caso de que algo que sea considerado extremadamente relevante para un grupo de individuos, mientras que para otro grupo este mismo suceso sea tan irrelevante que ni siquiera llegue a existir.
Si observamos la denominada “mentalidad anticapitalista” comprenderemos que también procede de una orientación del carácter. Hasta tal punto esto es así que puede existir en esencia dicha mentalidad sin necesidad de que realmente exista el propio “Capital”. Simplemente se trata de una orientación más del carácter que se acaba fijando a un elemento que le es propicio para poder desarrollarse.
Que el carácter del individuo tenga estas derivaciones resulta positivo y negativo a la vez. Positivo porque ayuda a generar una sensibilidad para poder afrontar la realidad; negativo porque impide ver otras perspectivas y fácilmente hará caer a la persona y una especie de fundamentalismo que generará intolerancias hacia otras mentalidades que no sean la suya. Pero si todo conocimiento implica una hermenéutica resulta siempre inevitable que estas situaciones se den en alguna medida.

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Algunas implicaciones psicológicas del líder político

Discurso políticoIndependientemente de los intereses declarados (intento de mejorar la gestión en una demarcación) o de los no declarados (intereses materiales particulares, por ejemplo), concurren en el político varios factores de índole psicológica que hacen que le resulte atractivo esforzarse por lograr el cargo al que aspira.
El verse refrendado por un amplio sector de la población supone un reconocimiento a la necesidad de afirmación que cada uno de nosotros tiene en la vida ante nuestros semejantes. En este tema se hace necesario diferenciar dos posibilidades, según el reconocimiento venga de nuestros propios méritos o según provenga de algo completamente ajeno a nosotros. El que la trayectoria del político sea muchas veces efímera es un elemento más que fomenta que el reconocimiento tienda a centrarse desde lo exterior, de forma que en cuanto se pierde la aquiescencia de los demás el político también tiende a perder el valor que se le había conferido. En este plano cabría aludir al concepto que Fromm denominó como “separatidad”, es decir la separación vital que busca superar el ser humano con los demás para aliviar la soledad que es inherente a cada persona, para explicar el fundamento último de tendencia.
El poder que necesariamente conlleva todo cargo político hace fácil que la persona que esté implicada en esta situación se vea seriamente tentada a relacionarse con los demás bajo una relación de poder-sumisión. Es decir, el reconocimiento externo coloca al político en una situación de aparente autoridad moral mediante la que se siente especialmente legitimado para tomar decisiones sin que tenga necesidad de estar especialmente cualificado para ello. Consiguientemente es fácil que la autoridad moral conferida se desplace hacia el autoritarismo, de forma que el criterio último para la actuación sea ejercer el poder simplemente porque se está legitimado.
Ignacio Mendiola, en “Elogio de la mentira”, describía la mentira como la forma que tiene el mentiroso de crear una nueva realidad a gusto propio. En este sentido se podría decir que el político se ve en la posición de hacerse igualmente un dios al verse capaz de conformar lo externo a él a su propio gusto. Una forma de rebajar la necesidad que tiene toda persona de “presionar” la realidad para poder modificarla (Schopenhauer).
Así pues tenemos que el político se ve en la situación de autoafirmarse y de identificar al mundo consigo mismo. Es decir, lo que podría ser el objetivo de la vida de cualquier persona. Uno de los hilos comunes que vertebran esta relación con los demás es la lucha por unos ideales. El político intenta siempre espolear su causa buscando hacerla ver como justa y desde ahí persigue la afinidad de sus seguidores. En este punto hay que recordar que apelar a los valores de unión (o incluso de sacrifico) por una causa común es uno de los elementos más motivadores para el ser humano. Así sucedió, por ejemplo, cuando Churchill pidió un esfuerzo suplementario a sus conciudadanos para sobrellevar las consecuencias de la guerra. La población no sólo renunció a las aspiraciones egoístas particulares, sino que se sacrificó desinteresadamente por el bien común. Algo que recuerda la necesidad que tenemos todas las personas de creer en alguna clase de ideales.

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De la manipulación de la televisión a la manipulación de internet

persona en internet

Si la segunda mitad del siglo XX se caracterizó por la hegemonía de la televisión como medio de comunicación, el comienzo del siglo XXI ha significado la cesión del trono en beneficio de la nueva primacía de internet.
Sobre la influencia de la televisión ya existen infinidad de estudios que describen sus implicaciones. El que podría parecer más obvio es el de ser un elemento transmisor de violencia. Algo demostrado por Pahlavan (2002) para los casos de la simple exposición, o por las observaciones de Eron y Huesmann (1986) y Pearl, Bouthilet y Lazar (1988) con las que pudieron vincular la agresividad y la falta de empatía en los niños que veían mayor cantidad de horas de televisión. Santiesteban (2005) concluye la otra cara de la moneda, que los niños que realizan actividades vinculadas a la lectura son menos violentos.
La televisión ha sido además el principal elemento educativo de las masas. Mediante ella las personas han internalizado lo que estaba socialmente admitido y han obtenido una exégesis sobre el significado de sus vidas y de su existencia. No es pues de extrañar que los cambios sociales necesitasen de la oportuna explicación y que ésta fuese ofrecida por la televisión, o por su precedente mediático, el cine. Esto ya se ha venido dando de similar manera desde la primera mitad del s.XX en el cine, por ejemplo con los papeles que representó Katherine Hepburn de mujer emancipada; o con el incremento del tráfico aéreo en la década de los setenta y la consiguiente explicación en la saga de películas del estilo de “Aeropuerto 77”; o, más recientemente, con la implementación de internet en todos los hogares que se vio nuevamente “explicada” en el cine con películas del tipo “Tienes un e-mail”. Lo común a todos estos casos es que los fenómenos o los cambios sociales de masas necesiten de una rápida respuesta y ésta es ofrecida a través de las pantallas (principalmente de televisión, pero también de sus vinculados como el cine) para ofrecer una rápida y fácilmente digerible explicación de lo que significa el nuevo cambio y de cómo poder asimilarlo. Este proceso surge debido a que las personas se encuentran perdidas en el nuevo referente y es alimentado por la industria que, conocedora de esta situación, produce los códigos necesarios para satisfacer esta necesidad. Sin embargo resulta obvio que el objetivo de la industria no es educar, sino obtener beneficios. Es por esto que la explicación no pasa de ser ilusoria (frecuentemente cimentada en unos pocos tópicos) y la satisfacción vana y efímera. Algo que, por cierto, obliga a repetir el ciclo mientras el nuevo fenómeno social siga vigente. Este tipo de procesos han situado a la televisión como uno de los principales agentes del sistema (Fromm). Gracias a ella son trasmitidos los valores necesarios para que el sistema funcione y, de esta manera, sus miembros quieran hacer lo que deben de hacer. En cuanto a esto tampoco hay que olvidar que, gracias a su centralización, la televisión ha sido un elemento codiciado políticamente para poder manipular a conveniencia al electorado.
En la actualidad la centralización que ofrecía la televisión pierde relevancia a pasos agigantados. Mientras que el número de internautas y las horas que se dedican a este medio aumentan, lógicamente ello conlleva una reducción del influjo y del número de horas dedicadas a la televisión. Pero esta circunstancia que podría parecer a primera vista positiva no es la única consecuencia de la nueva situación.
Aunque no existen todavía demasiados estudios respecto a la influencia del uso de internet parece que una de las conclusiones más admitidas es la de que disminuye la capacidad de concentración. Esto es ocasionado porque tanto en redes sociales, chats, diarios, etc… los datos proporcionados buscan ser de un contenido relevante inmediato y poco profundo. Precisamente, y unido a este factor, tenemos la nueva capacidad de interactuar del individuo con los datos recibidos, algo que, de manera semejante al refuerzo descrito con los “perros de Pavlov”, tiende a generar una situación de “estimulo constante” que fácilmente puede degenerar en una adicción. Precisamente la adicción a internet, al igual que muchos otros tipos de adicciones, viene propiciada por algún tipo de carencias en la vida del individuo. Por ejemplo, para una perdona con un déficit social, internet puede significar su única vía de escape (incluso aunque ésta pueda ser ilusoria). No es pues extraño que debido a esta cantidad constante de pequeños estímulos la persona construya una identidad que quede habituada a funcionar de la misma manera y, por lo tanto, encuentre más dificultades en actividades que no funcionen bajo los mismos procesos y requieran de una concentración constante como, por ejemplo, la lectura de un libro.
Si bajo el dominio de la televisión se nos promovía a la pasividad y al pensamiento único, bajo la hegemonía de internet desaparece una autoridad fija a la que podamos subordinarnos para ser el propio formato el que nos capte. Hay una nueva variedad de opciones pero nos vemos impelidos (o cuando menos tentados) a obrar mecánicamente (el mencionado esquema de Pavlov) dirigiéndonos hacia lo superficial y evitando indagar en lo realmente esencial. Esta superficialidad concuerda con el carácter que requiere la sociedad contemporánea para sus individuos (en caso contrario se crearían problemas para la cohesión del sistema) y, al mismo tiempo, queda reforzado desde esta perspectiva. Es probable que, a partir de ahora, tengan menos importancia las órdenes concretas proferidas desde unos pocos emisores y gane en relevancia la mecanización del individuo. La autoridad declarada se transforma en autoridad anónima. El problema deja de estar en lo externo para residir y ser parte de uno mismo.

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