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Problemas en los indignados del 15m: una interpretación desde Max Webber y René Girard.

Indignados en la Puerta del Sol de MadridEl movimiento de los “indignados”, el 15m, supone un fenómeno social que ya ha dado unos frutos que cabría calificar de genuinos, prometedores y muy interesantes. Sin embargo no hay que obviar que, en buena medida debido a su condición de movimiento de masas, resulta susceptible de caer en algunos vicios comunes. A continuación mencionaré algunos de ellos.
En los países mediterráneos se observa la tendencia a demonizar a las personas que, ejerciendo un cargo público, tienen ingresos económicos superiores a los de un ciudadano medio. Max Webber ya describió cómo en el protestantismo está bien visto el enriquecimiento personal (que además propicia), mientras que en el catolicismo no sucede así. Al encontrarnos en un país de tradición católica tenemos la circunstancia opuesta. Es por esto que en Estados Unidos un político que se presente a un cargo será bien visto si es inmensamente rico [1], mientras que en España resultará como poco sospechoso si se muestra en la misma condición. A causa de esto parece haberse desatado una “caza al político” o al banquero que va más allá de lo lógico. Para empezar habría que decir que, hasta lo que se sabe, el índice de corrupción en la política no ha aumentado especialmente en los últimos años. Pero, sin embargo, es ahora cuando aparecen más acusaciones de corrupción y cuando más se persigue cada detalle en el que se muestre riqueza económica personal. Si la corrupción no ha aumentado vertiginosamente en unos pocos meses habrá que comprender que el problema que origina tal malestar social no se encuentra ahí, sino en la propia dinámica del sistema capitalista. A poco que se estudie el funcionamiento de este sistema económico se observa que, como no podía ser de otra forma en un sistema que fomenta las diferencias económicas entre clases, es inherente a él el padecer crisis periódicas. Así pues las crisis (esta también) no están propiciadas en última instancia por una o una serie de personas en concreto, sino por un sistema que, además, es el que legitima el funcionamiento de estas personas. Una prueba de ello es que, aunque las críticas de la opinión pública se dirigen a personas concretas de la demarcación nacional, la crisis ataca por igual y al mismo tiempo a buena parte de los paises occidentales. El problema aquí es que para las masas no resulta atractivo enfrentarse a una idea o a un sistema, y es más cómodo focalizar los problemas en individuos o circunstancias concretas.
Todo lo anterior nos remite también al funcionamiento de los ritos sacrificales que describió René Girard. De igual manera observamos ahora como el malestar de la masa debe ser calmado mediante un sacrificio. En este caso, el del político y el del banquero. En esta clase de ritos no resulta esencial que el elemento que se va a sacrificar sea el culpable de la situación. El propio proceso hará que la rabia de la multitud quede aplacada y se restaure la calma anterior.
Como bien dice el catedrático de economía Xosé Manuel Beiras se indigna el que tiene dignidad, pero como recientemente ha dicho la filósofa Victoria Camps la indignación debe florecer “gobernada” Sin duda el sentimiento es valioso, pero debe encauzarse correctamente para no deslegitimarse a sí mismo y conseguir los fines que todo verdadero indignado debe perseguir, la dignidad.

[1] Recordemos lo que Arnold Schwarzenegger decía cuando se decidió comenzar con su carrera política. Una frase que describe bien esta situación: “Ya soy muy rico, ahora quiero ayudar a los demás.”

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Las acampadas y la democracia real en el "Toma la plaza" del 15m: una interpretación simbólica.

Huerto en la acampada de SolLas manifestaciones convocadas en España el quince de Mayo sirvieron para aglutinar y exorcizar una insatisfacción social que se vivía de forma inconexa y larvada. El elevado número de ejemplares que se había vendido de “Indignaos”, el pequeño libro de Hessel, ya era un indicio de ello. Si las ideas de Lutero propiciaron una revolución social fue porque existía un amplio descontento de la población con respecto a los posicionamientos de la Iglesia católica, de manera similar las exigencias para una democracia real se nutren nuevamente de la insatisfacción popular. Por tanto se hace necesario examinar en qué consiste esta insatisfacción para comprender las verdaderas demandas del movimiento.
Uno de los detalles que resultan más llamativos de las protestas es el modo en que se hacen. Es decir, a diferencia de lo que sucede con otra clase de reivindicaciones, no nos encontramos con personas dispuestas a martirizarse por una causa (por ejemplo, con huelgas de hambre). Por el contrario, vemos como las multitudes se vuelcan a las calles con el simple y claro objetivo de vivir. Las acampadas son realmente manifestaciones de personas insatisfechas que buscan volver a sentirse vivas y que celebran la vida. Esta característica es decisiva para que personas de distintas ideologías y condiciones se sientan con disposición a unirse o a vincularse entre ellas en alguna medida. Si nos fijamos detenidamente, veremos cómo desde el primer momento se han organizado actos, se han dado charlas, se ha promovido la generosidad desinteresada, incluso se han llegado a plantar huertos, que claramente simbolizan esta necesidad de que lo vivo crezca. Así pues, y sin querer negar las penurias económicas, la forma en que se hacen las manifestaciones delata el verdadero problema latente. Personas a las que ya no les resultaba suficiente vivir en la forma en que lo hacían, bajo un modo de vida deshumanizado que está promovido por una sociedad igualmente deshumanizada. Necesariamente la carencia de recursos económicos impide las posibilidades de evasión y agudiza el problema.
Hay que tener en cuenta que a las personas no nos preocupa demasiado vivir manipuladas mientras podamos hacerlo de forma satisfactoria. Se podría decir que el lema “pan y circo” es tan vigente en la actualidad como lo fue cuando lo formularon los antiguos romanos. Es por esto que, en realidad, no nos rebelamos ante la manipulación, lo hacemos ante la insuficiencia de este “pan y el circo” que se nos suministra. Esta insatisfacción se enuncia en la demanda de una democracia no manipulada pero, como se ha dicho anteriormente, el origen de las frustraciones proviene más de la falta de una vida digna que de la necesidad de un sistema completamente sincero.
La “acampada”, como manifestación particular, también resulta significativa. El lema popular invocado de “toma la plaza” reivindica, no sólo la necesidad de hacerse notar, sino también la de devolver lo público a manos de todos. En este sentido, el que instantáneamente se hayan formado asambleas en su interior supone una derivación casi necesaria. Si la toma física supone la conquista material, el modo asambleario significa la toma y la legitimación intelectual. Este sistema recuerda mucho al propuesto en “La pedagogía del oprimido” por Paulo Freire. De igual manera Freire proporciona un itinerario para que el poder sea devuelto al pueblo mediante reuniones dialógicas de carácter asambleario que, funcionando al modo de células, puedan autovalidarse y, posteriormente, consigan interrelacionarse entre sí. Al mismo tiempo las acampadas suponen un avance desesperado hacia lo desconocido. Es decir, las personas se lanzaron a ellas sin una declarada finalidad determinada en el tiempo, pero, incluso así, el movimiento se niega a morir después de que haber traspasado el margen de las recientes elecciones. Una situación similar a la que existe en los países en vías de desarrollo, donde es más fácil encontrar la esperanza en el que no tiene posesiones, que el miedo a perder lo que ya se tiene, que es tan típico de las opulentas sociedades occidentales. Las personas, representando fielmente su denominación de “indignados”, todavía se resisten a volver a su anterior situación en el conformismo y el anonimato. De igual forma, Isaak, el protagonista de la novela de Knut Hamsun “Bendición de la tierra”, comienza su propia historia cuando decide internarse en lo desconocido para crear algo digno, apartado de la alienación intrínseca a la civilización. De hecho el hogar creado por Isaak guarda bastante similitud con la pequeña ciudad formada en la acampada que está en el centro simbólico del “imperio” español, la Puerta del Sol en Madrid.

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Rasgos frecuentes de los "pensadores populistas"

Mono que piensaUtilizaré la expresión “pensador populista” para referirme a la clase de personas que, en alguna medida, son iconos de masas al ser demandados para expresar su juicio sobre temas o aspectos de ámbito general pese a que, estrictamente, no sean expertos en los asuntos a los que se refieren. Aunque este tipo de papel no es exclusivo de estos últimos años, sí que es cierto que recientemente han proliferado de forma especial debido en buena medida al aumento de las posibilidades de comunicación. Si bien estas personas pueden dedicarse a distintos apartados, su modus operandi tiende a aglutinarse bajo una serie de elementos comunes. Intentaré citar algunos de ellos.

Actualidad:
Los temas tratados son generalmente referidos a lo que está sucediendo en este preciso momento, de forma que lo que hoy es un artículo interesante mañana ya no lo será tanto y pasado, seguramente, ya será irrelevante. Es por esto que su opinión debe ser expresada casi inmediatamente para que tenga la repercusión que le confiere valor. De hecho es común que los pensamientos de esta clase de personas no aguanten el paso del tiempo.

Realimentar prejuicios:
En lugar de obtener su valor a base de interpretar la realidad, persiguen el asentimiento común del grupo social al que se refieren. Esta circunstancia ubica necesariamente a los pensadores populistas dentro de un contexto concreto que, además, es el que le confiere reconocimiento y por lo tanto valor a sus pensamientos. Por ejemplo, mientras que en Europa está mal visto mantener en prisión a Bradley Manning en Estados Unidos sucede lo contrario. Un pensador populista europeo será crítico con el encarcelamiento, mientras que uno norteamericano tenderá a mostrarse favorable alegando, por ejemplo, motivos patrióticos. Es por esto que, en realidad, no constituyen una voz realmente crítica sino que se limitan a amplificar la opinión de la mayoría.

La verdad que todos quieren oír:
Al ser realimentadores de prejuicios su mayor mérito se encuentra en ser capaz de proferir lo que todo el mundo piensa y expresar, especialmente, el pensamiento común que está larvado pero que no ha alcanzado todavía su luz. Por ejemplo, prosiguiendo con el ejemplo de Manning, el pensador populista europeo podrá concluir que es un mártir, mientras que el norteamericano dirá que es un traidor a la nación. En este sentido lo “creativo” aparece en la vinculación a un nuevo factor que ya era de sospecha común pero que era necesario que alguien pronunciase.
Esta dinámica es pareja a la de muchos personajes de series de televisión o de películas que logran repercusión gracias a que responden a las demandas sociales. Es por esto que buena parte del impacto social de las primeras películas de Katherine Hepburn se debió a que interpretaba personajes de mujer joven y emancipada. Demanda ésta que ya era por entonces una fuerte reivindicación social y que tuvo uno de sus catalizadores en los papeles que interpretó Hepburn mediante los cuales la sociedad tuvo un espejo en el que poder reflejarse y afirmarse.

No hay comprensión global:
Las interpretaciones ofrecidas suelen referirse a aspectos concretos, de tal manera que con las explicaciones dadas no es posible conseguir una explicación que ofrezca una panorámica global de la situación. Si el tema tratado es de política, se comentará un aspecto determinado. Después otro similar, y así sucesivamente. Pero, pese a que se pueda llegar a tener una enumeración amplia de casos, no se extraerán consecuencias (más allá de las puramente ideológicas) que ofrezcan una explicación global de la situación. Algo que obliga al espectador a entrar en un círculo vicioso ya que deberá volver a acudir a una nueva interpretación para saber qué está pasando con cada suceso particular. Es por esto que el formato adecuado para los pensadores populistas se circunscribe a pequeñas pero constantes aportaciones que son mostradas de forma extremadamente nítida, preferentemente descriptivas y con una clara tendencia al sensacionalismo.

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El curriculum vitae como modelo y el modo de tener o ser

Las personas necesitamos afianzarnos de alguna forma en la vida porque es complicado afrontar un nuevo día sin tener algo bajo nuestros pies que nos respalde. En este sentido el descubrimiento del inconsciente que hizo Freud reveló que lo que muchos de nosotros creemos que somos no corresponde con la realidad. Este fin del mito del hombre como ser racional supuso darnos cuenta de que nuestro verdadero “yo” se encuentra escondido detrás de una maraña de mecanismos que ocultan nuestra verdadera identidad. Lo anterior puede aplicarse a casi cualquier campo en el que discurra lo humano, pero aquí me gustaría referirme a cómo nos vemos a nosotros mismos en el terreno del trabajo.
Es verdad que el anhelo frecuente del ciudadano actual es el de conseguir un trabajo en el que se sienta, al menos, medianamente cómodo y pueda disponer gracias en él de una vida económicamente holgada. Dentro de estos parámetros tenderá a minimizar el tiempo dedicado al trabajo y a maximizar el otro lado de la balanza, el de los ingresos obtenidos. Precisamente esta idea de poder verse liberado completamente de la necesidad de trabajar es una de las señales que indican la falta de identificación de la persona con la actividad que se supone que realiza (lo que estaría representado por el concepto clásico de alienación). Tiene su ideal en llegar a la pereza total debido a la indolencia más absoluta. Es decir, como la persona no se siente identificada vitalmente con lo que hace, y como no ve otro camino por el que poder resolver este conflicto, acaba derivando en el gusto por “no hacer ninguna clase de actividad”. Algo que, muy a menudo, se ve reflejado en el deseo de retirarse a “descansar” indefinidamente en una isla paradisíaca.
Teniendo en cuenta que lo descrito corresponde a la mayor parte de la población occidental, no deja de ser sorprendente el que las personas insistan en referirse a sí mismas por su actividad profesional (él es médico, el otro abogado, el de más allá camarero,….) como algo que los describa y los ubique en el mundo. Este carácter de inadecuación de la persona con su actividad significa también que los papeles pudieron haber sido intercambiables. Por ejemplo, el abogado hubiese sido médico si ello le hubiese reportado más ingresos económicos. Así pues, mostrarse a sí mismo como abogado no supone nada especialmente relevante que vaya más allá de mostrar un estatus socioeconómico.
Este grado de cosificación se hace más sutil cuando hay que describirse dentro de la propia profesión. Entiendo que profesionalmente resulta necesario avalar de alguna forma las propias capacitaciones, pero esta necesidad acaba derivando muchas veces en vicio al trasladarse a otros ámbitos en los que, no sólo no es necesario, sino que incluso puede interferir a la hora de trasmitir una correcta imagen de lo que la persona es en realidad. Por ejemplo, si un individuo se presenta como doctor en filosofía debemos de presumir que, en principio, está más capacitado que un simple licenciado. Pero dentro de la filosofía hay ramas muy distintas y formas de pensar contrapuestas. Con un abanico tan amplio difícilmente sabremos qué es lo que verdaderamente hace “latir” la mente de esa persona a base de una simple descripción jerárquica. Si sabemos el tema de su tesis podremos hacernos una idea de algo de lo que por entonces pudo pasar por su cabeza, pero tampoco tiene por qué ser definitivo. No son inusuales los casos en los que, después de realizada la tesis, la persona toma otros derroteros. Es por esto que presentarse en una situación en la que no es necesaria a uno mismo exclusivamente mediante los títulos obtenidos no supone más que la mencionada cosificación. Es un “yo soy lo que estos papeles dicen que soy”. La persona deja entonces de quedar representada por su “ser” y pasa a hacerlo por su “tener”. Es decir, por los elementos materiales que ha conseguido o lo representan.

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De la manipulación de la televisión a la manipulación de internet

persona en internet

Si la segunda mitad del siglo XX se caracterizó por la hegemonía de la televisión como medio de comunicación, el comienzo del siglo XXI ha significado la cesión del trono en beneficio de la nueva primacía de internet.
Sobre la influencia de la televisión ya existen infinidad de estudios que describen sus implicaciones. El que podría parecer más obvio es el de ser un elemento transmisor de violencia. Algo demostrado por Pahlavan (2002) para los casos de la simple exposición, o por las observaciones de Eron y Huesmann (1986) y Pearl, Bouthilet y Lazar (1988) con las que pudieron vincular la agresividad y la falta de empatía en los niños que veían mayor cantidad de horas de televisión. Santiesteban (2005) concluye la otra cara de la moneda, que los niños que realizan actividades vinculadas a la lectura son menos violentos.
La televisión ha sido además el principal elemento educativo de las masas. Mediante ella las personas han internalizado lo que estaba socialmente admitido y han obtenido una exégesis sobre el significado de sus vidas y de su existencia. No es pues de extrañar que los cambios sociales necesitasen de la oportuna explicación y que ésta fuese ofrecida por la televisión, o por su precedente mediático, el cine. Esto ya se ha venido dando de similar manera desde la primera mitad del s.XX en el cine, por ejemplo con los papeles que representó Katherine Hepburn de mujer emancipada; o con el incremento del tráfico aéreo en la década de los setenta y la consiguiente explicación en la saga de películas del estilo de “Aeropuerto 77”; o, más recientemente, con la implementación de internet en todos los hogares que se vio nuevamente “explicada” en el cine con películas del tipo “Tienes un e-mail”. Lo común a todos estos casos es que los fenómenos o los cambios sociales de masas necesiten de una rápida respuesta y ésta es ofrecida a través de las pantallas (principalmente de televisión, pero también de sus vinculados como el cine) para ofrecer una rápida y fácilmente digerible explicación de lo que significa el nuevo cambio y de cómo poder asimilarlo. Este proceso surge debido a que las personas se encuentran perdidas en el nuevo referente y es alimentado por la industria que, conocedora de esta situación, produce los códigos necesarios para satisfacer esta necesidad. Sin embargo resulta obvio que el objetivo de la industria no es educar, sino obtener beneficios. Es por esto que la explicación no pasa de ser ilusoria (frecuentemente cimentada en unos pocos tópicos) y la satisfacción vana y efímera. Algo que, por cierto, obliga a repetir el ciclo mientras el nuevo fenómeno social siga vigente. Este tipo de procesos han situado a la televisión como uno de los principales agentes del sistema (Fromm). Gracias a ella son trasmitidos los valores necesarios para que el sistema funcione y, de esta manera, sus miembros quieran hacer lo que deben de hacer. En cuanto a esto tampoco hay que olvidar que, gracias a su centralización, la televisión ha sido un elemento codiciado políticamente para poder manipular a conveniencia al electorado.
En la actualidad la centralización que ofrecía la televisión pierde relevancia a pasos agigantados. Mientras que el número de internautas y las horas que se dedican a este medio aumentan, lógicamente ello conlleva una reducción del influjo y del número de horas dedicadas a la televisión. Pero esta circunstancia que podría parecer a primera vista positiva no es la única consecuencia de la nueva situación.
Aunque no existen todavía demasiados estudios respecto a la influencia del uso de internet parece que una de las conclusiones más admitidas es la de que disminuye la capacidad de concentración. Esto es ocasionado porque tanto en redes sociales, chats, diarios, etc… los datos proporcionados buscan ser de un contenido relevante inmediato y poco profundo. Precisamente, y unido a este factor, tenemos la nueva capacidad de interactuar del individuo con los datos recibidos, algo que, de manera semejante al refuerzo descrito con los “perros de Pavlov”, tiende a generar una situación de “estimulo constante” que fácilmente puede degenerar en una adicción. Precisamente la adicción a internet, al igual que muchos otros tipos de adicciones, viene propiciada por algún tipo de carencias en la vida del individuo. Por ejemplo, para una perdona con un déficit social, internet puede significar su única vía de escape (incluso aunque ésta pueda ser ilusoria). No es pues extraño que debido a esta cantidad constante de pequeños estímulos la persona construya una identidad que quede habituada a funcionar de la misma manera y, por lo tanto, encuentre más dificultades en actividades que no funcionen bajo los mismos procesos y requieran de una concentración constante como, por ejemplo, la lectura de un libro.
Si bajo el dominio de la televisión se nos promovía a la pasividad y al pensamiento único, bajo la hegemonía de internet desaparece una autoridad fija a la que podamos subordinarnos para ser el propio formato el que nos capte. Hay una nueva variedad de opciones pero nos vemos impelidos (o cuando menos tentados) a obrar mecánicamente (el mencionado esquema de Pavlov) dirigiéndonos hacia lo superficial y evitando indagar en lo realmente esencial. Esta superficialidad concuerda con el carácter que requiere la sociedad contemporánea para sus individuos (en caso contrario se crearían problemas para la cohesión del sistema) y, al mismo tiempo, queda reforzado desde esta perspectiva. Es probable que, a partir de ahora, tengan menos importancia las órdenes concretas proferidas desde unos pocos emisores y gane en relevancia la mecanización del individuo. La autoridad declarada se transforma en autoridad anónima. El problema deja de estar en lo externo para residir y ser parte de uno mismo.

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La "Sociedad Vigilante" de Michel Foucault y la ley antitabaco

Prohibir el tabacoResulta evidente, aunque no se haya declarado de forma pública, que el objetivo a largo plazo de los gobiernos occidentales será la ilegalización del tabaco. Dejando a un lado el fin, habría que preguntarse sobre los medios.
La última de las leyes instauradas en España tiene la peculiaridad que nos remite al concepto de “Sociedad Vigilante" de Foucault descrito en "Vigilar y Castigar". El que todo el mundo vigile a todo el mundo queda expresado en el llamamiento público de la actual ministra para que todos los ciudadanos denuncien a quién infrinja la nueva normativa que impide fumar en bares y demás establecimientos públicos. En cuanto a elemento de control del sistema resulta idóneo. Tener un puñado de inspectores pululando en busca de algún delito resulta poco eficaz comparado con la posibilidad de conseguir que todo ciudadano se convierta en un policía. Recordemos que los policías funcionan como agentes del sistema. Es decir, su misión se ciñe exclusivamente a defender coercitivamente los postulados que se les ofrecen y no a cuestionarlos. Así pues los miembros del gobierno serán los únicos que serán libres de reflexionar y, al mismo tiempo, impondrán su doctrina. Ellos crean las reglas (que es lo que realmente cuenta) y los demás funcionarán acorde a ellas.
Lo importante de esta situación de ciudadanos-policías es la mentalidad que se fomenta y lo que significa un país constituido exclusivamente a base de policías. Para empezar se entra en un “juego del miedo”. Todos podemos ser denunciados por todos, así que cualquier elemento amigo es susceptible de tornarse enemigo y, además, es motivado para ello. Cuando las personas viven con miedo el proceso psicológico más frecuente es el de someterse al poder establecido y no a hacerle frente. Así sucede, por ejemplo, con las víctimas del maltrato de género que difícilmente encuentran fuerzas y ánimos para enfrentarse al poder que detentan sus agresores sobre ellas.
Aunque humanamente no sea lo más apropiado, para los dirigentes de Estado resulta idóneo un ambiente de temor. Es una forma cómoda de perpetuar su estatus y una manera disimulada de menoscabar a quién los puede sustituir, el pueblo llano.

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El premio de la lotería de Navidad no va en el número, va en lo que engaña.

Lotería de NavidadLa lotería de Navidad es un evento que trasciende el mero ámbito lúdico. Si cualquier juego presupone que una serie de individuos serán susceptibles a él debido a que capta algo en el carácter de éstos, en la lotería encontramos además una fuerte vinculación social.
Lo primero que hay que tener en cuenta es que si este juego está bajo el control del Estado (cosa que sucede en España) es el mismo Estado el responsable de todas las implicaciones que se deriven del propio juego. A primera vista podría pensarse que resulta beneficioso ya que, en principio, nadie está obligado a jugar (y pagar) por participar y, sobre todo, el Estado percibe una fuerte cantidad de ingresos al tiempo que se constituye en motor de un sector económico. Sin embargo las implicaciones van más lejos de la simple apariencia o de lo comúnmente asumido.
En cuanto a juego utiliza varios mecanismos de engaño que no difieren demasiado de otros juegos que se desarrollan en el ámbito privado. En los grandes casinos se le crea al jugador la ilusión de que siempre hay alguien que gana dinero mediante el apiñamiento de docenas de máquinas en las que, al haber mucha gente jugando a la vez, a cada poco alguna es premiada (algo que se procura resaltar de forma especialmente notoria). Para la lotería el mecanismo es la fragmentación de los premios y la difusión en los medios de comunicación. Mediante la fragmentación, reintegro incluido, se consigue que siempre haya alguien cerca al que le haya tocado algo o que a cualquier persona que juegue una cantidad que no sea mínima le toque algún pequeño premio. De esta manera la vinculación entre estímulo y refuerzo se mantiene, incitando al jugador a que siga motivado. Los medios de comunicación también hacen su aportación al difundir y magnificar los premios y a las personas premiadas. Si no se conociesen los resultados del premio, también se perderían los estímulos a él asociados.
No es casual que la lotería de Navidad sea la más destacada de todo el año ya que tiene como peculiaridad el asumir los valores que se asocian a esta época. Es así que la “fraternidad” que se presupone a estas fechas queda también trasladada al ámbito del juego de forma que al entrar en él obtenemos estos valores de idéntica manera a como cuando compramos un coche y, mediante su posesión, conseguimos atributos que van a él asociados (prestigio social, sentido de la aventura, seguridad, etc…) . Es por esto que este tipo de lotería se suele jugar en grupos (compañeros de trabajo, frecuentadores de un bar, familias, etc…) trasladando así al juego los valores humanos que se esperan encontrar en dicha época. Precisamente aquí reside buena parte de su atractivo y, por el mismo motivo, quedarse excluido del juego supone también perderse los valores humanos que van asociados a él. Al mismo tiempo, y debido a que es un juego de masas, el no participar supone otro grado de exclusión social. Es por esto que si todos los compañeros de trabajo de una persona juegan y ésta no lo hace, la presión social que se ejerce sobre ella es fuerte. Algo que se puede multiplicar mediante los celos surgidos ante la posibilidad de que todos los compañeros sean premiados y, si uno ha decidido no jugar, sea el único que no lo sea.
Algo que puede parecer obvio y, en cambio, es especialmente relevante, es que el premio del juego es dinero. Y es relevante por la dimensión que ha conseguido el dinero en la sociedad actual. Mucha gente (por no decir casi toda) desearía ser inmensamente rica para poder dedicarse a una vida ociosa. Algo que delata la situación negativa de la mayoría de las personas respecto a su trabajo. Cuando una persona no está realizada con su trabajo su aspiración será cesar toda actividad, o lo que es lo mismo “no hacer nada”. Por otra parte, al hallarnos en una sociedad que tiene en el dinero su principal (y casi única) referencia, nos encontramos con una nueva glorificación de éste. Vemos como un reducido grupo de personas quedan desbordadas por una emoción que parece ser inmensa y, frecuentemente, declaran haber solucionado todos sus problemas. Algo que, con el ejemplo, torna en ejemplo “educativo” para volver a afianzar al dinero como valor supremo en la vida.
Retomando el comienzo del artículo cabría pensar que si el Estado es el que promueve una actividad en la que los valores humanos quedan sustituidos por la participación en un juego, en la que se presiona de forma anónima a las personas para que participen, o en la se refuerza una actitud materialista, es la mejor. Es cierto que el Estado debe de buscar el poder tener ingresos, pero no (y nunca mejor dicho) a cualquier precio.

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Anonymous, Assange, Wikileaks: La "mentalidad hacker".

Mal que le pese al conservadurismo de la revista "Time" es obvio que el hombre del año (sino de la década) es Julian Assange. Lo que ha girado en torno a él es la progresión que cabría esperar en los descubrimientos de los escándalos ocultos de los gobiernos. Si el periodismo fue el detonante del Watergate, hoy en día el medio tenía que ser casi forzosamente internet. Aunque hay infinidad de páginas que hablan sobre cualquier aspecto del tema hay un detalle al que creo que se le da una relevancia secundaria. Lo que yo llamaría la mentalidad de “hacker nato” que se da en Assange.
Assange mismo ha querido rectificar los malentendidos comunes que pretenden situarlo como líder pacifista. Una confusión generada por la tendencia habitual a guiarse por las apariencias. El que se revelen las diversas atrocidades de los gobiernos y el que Assange tenga un tono calmado a la hora de expresarse han sido algunas de las claves para suscitar el equívoco. Sin embargo Assange propugna una actitud combativa bajo la que la guerra queda justificada. Sin duda un reflejo de su propia personalidad e ideología.
La esencia de un “hacker nato” es romper sistemas y hacer que todo sea accesible a todos. En este sentido resulta comprensible y esperable que Assange haya declarado estar influido por el libro de George Orwell, “1984”. También resulta lógico que su formación personal haya transcurrido por los cauces del software libre o que desde su adolescencia se haya visto inmerso entre otros hackers como él.
Sin embargo hay que distinguir la “mentalidad hacker” de la mentalidad tradicional de “activista por los derechos humanos”. Si bien ambas pueden converger en distintos puntos, la prioridad hacker se centra en el sistema. Es cierto que, una vez roto, esto sambién suele suponer una revivificación de los derechos humanos de las personas, pero sólo de forma secundaria y, en cierto modo, como objetivo colateral. Desde el camino de los derechos humanos el sistema pasa a un segundo plano después de la dignidad de la persona. Es por esto que un activista de los derechos humanos se mostrará reacio a justificar el empleo de la violencia, mientras que Assange sí podrá defender la legitimidad de una clase de guerra.
Esta mentalidad hacker acaba por ser una ideología como cualquier otra y, por lo tanto, es igualmente susceptible de caer en similares vicios o de aprovechar sus virtudes. Teniendo en cuenta que las personas no se hacen por generación espontánea, cabría pensar que han existido y existen una serie de circunstancias que propician que grupos de individuos tengan esta mentalidad. Es entonces cuando nos topamos con Anonymous. Una gran masa de gente que, aun siendo heterogenea, comparte la suficiente afinidad con lo que significa Assange como para empujar en la misma dirección. Fruto de esto son los recientes ataques a Visa, Mastercard, Amazon,… o cualquier organismo o gobierno que busque obstaculizar la labor de Assange o de Wikileaks.
Si el sistema busca uniformizar e integrar a sus individuos cabría pensar que su mayor fracaso está en los que buscan atacarlo. Es más, habría que suponer que los que lo atacan son también frutos del sistema. Porque si el sistema no es bueno sus defectos chocan con las necesidades fundamentales de las personas obligándolas a rebelarse contra él.

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Educar en España a los hijos en casa: Un desafío al Estado y a los agentes del sistema.

educar en casaEl Tribunal Constitucional acaba de sentenciar que es ilegal que los padres eduquen a sus hijos exclusivamente en casa y, por lo tanto, obliga a que estos queden escolarizados resolviendo así (por denominarlo de alguna manera) una larga polémica. Teniendo en cuenta que el problema es más complejo de lo que se quiere dar a entender en la sentencia resulta necesario intentar reflexionar sobre la situación.
Resulta lógico que un Estado vele por la seguridad y el desarrollo de sus ciudadanos. Así pues, en cuanto a esto, cabría pensar que no es admisible que los grupos más vulnerables (en este caso el de los niños) queden indefensos y a merced de los que tienen poder sobre ellos. Cabría pues pensar en un cierto y necesario grado de intervencionismo del Estado sobre sus ciudadanos. El problema reside en que, en realidad, no nos encontramos ante la acción de la justicia sobre los amenazados, sino en la acción de un poder más fuerte, el Estado, sobre otro poder más débil, los padres del educando. En esta confrontación la justicia no ha sido concedida por nadie a ninguno de los dos grupos, sino que es el que más poder detenta el que la ejerce a su manera, haciendo así buena la famosa frase de Trasímaco de Calcedón: “La justicia es la razón del más fuerte”.
Si bien la acción vigilante funciona siempre en dirección a los progenitores y procede siempre del Estado hay que entender que cualquiera de los dos bandos puede resultar el corrupto. Incluso podrían llegar a serlo ambos. Es por esto que para poder sopesar la legitimidad de las acciones no queda otra que empezar examinando los argumentos que pretenden avalarlas. Aunque el tema es demasiado complejo como para tratarlo en un artículo examinaré aquí algunos de los puntos más destacados de ambas partes.
Los padres suelen aducir que no hay nadie más apropiado que ellos para educar a sus propios hijos. Y desde luego cabría pensar que, en cierta medida, es así. También es cierto que instructores especialmente cualificados pueden ser una ayuda imprescindible para el temprano desarrollo intelectual del niño. Las más recientes investigaciones neurológicas (como, por ejemplo, las que describe Francisco Kovacs) recomiendan un aprendizaje personalizado para cada niño atendiendo a sus necesidades intelectuales y emocionales, dejando en segundo término el aspecto cronológico. Hecho que fácilmente se ve frustrado con la educación convencional y que sólo es paliado mediante lo que se denomina “aceleración”. Es decir, hacer que un niño quede ubicado en un curso más elevado del que le corresponde por su edad. También habría que tener en cuenta que pocos padres se encuentran con la posibilidad de educar a sus propios hijos. La falta de tiempo, de medios económicos o de voluntad de los propios progenitores hace que el número de niños que pueden acceder a esta posibilidad sea muy reducido.
Pero lo más llamativo no es que esta clase de padres quiera inclinar la balanza hacia su lado únicamente por las ventajas de la educación en casa, es que su postura casi siempre lleva implícita, de una forma más o menos velada, la crítica hacia el sistema educativo propuesto por el Estado para los niños. Unas quejas que esconden un claro desprecio hacia la forma en que el Estado modela a los niños. Teniendo en cuenta la afirmación de Trasímaco cabría pensar que “morder la mano” del más fuerte no resulta lo más agradable para el que detenta el poder.
En cuanto al Estado sería necesario darse cuenta que no se trata de un ente abstracto y bondadoso, sino que, además de la vocación que debe tener por sus súbditos más jóvenes, también es susceptible de verse sometido a una serie de motivaciones bastardas. Para empezar porque, como bien describe Erich Fromm, cada sociedad busca su propia supervivencia marginando a todo lo que puede amenazarla. Es por esto que en pueblos marcadamente violentos la persona pacífica queda margina y se la trata como inútil, o en pueblos tranquilos la persona violenta es vista como una amenaza desestabilizadora.
Si nos fijamos en las razones que aduce el Juzgado para justificar su sentencia, veremos que todo se basa en alegar que sería un perjuicio para el niño. Tanto en el ámbito académico (aquí se refiere al posible ingreso en la Universidad), como en la integración con otros niños de su edad. Sobre esto cabrían muchas objeciones que además ya están probadas porque en otros países sí está permitida la educación al margen del Estado y, además, con excelentes resultados. No resulta imprescindible una asistencia presencial del alumno para poder seguir un programa de estudios. Tampoco se hace preciso para la integración social de los niños el que tengan que acudir a centros académicos. Es más, lo más recientes estudios sobre violencia y acoso escolar señalan al colegio como el mayor ámbito generador de la violencia debido a la situación en la que se encuentra en las sociedades occidentales y a otra serie de motivos que le son inherentes como institución.
La situación parece análoga a la que pudo darse bajo la supuesta epidemia de Gripe A que recientemente el Gobierno de España pronosticó para sus ciudadanos. Algo que le llevó a una compra gigantesca de vacunas, junto a la recomendación de que casi toda la población se vacunase. Finalmente se vio que tal epidemia no existía, que lo que sí existía era un riesgo para algunos de los grupos de población que fuesen vacunados (embarazadas,..etc.) y que la motivación real de tal campaña masiva eran la que denunció gente como Teresa Forcades i Vila, los intereses económicos ligados a unas pocas empresas farmacéuticas. Para el caso de la educación nos encontramos con que el Estado obliga a que la población infantil termine en un lugar generador de violencia, donde se les tratará cronológicamente y no conforme a sus méritos y donde pasaran lustros recibiendo lo que Freire denominó educación bancaria. Una forma de merma del individuo a base de minarlo día a día haciéndole repetir contenidos que no asimila y que pertenecen a los educadores o, peor aún, al orden de valores que los permite. Todo ello para generar individuos que no se hagan cuestionamientos y sean productivos para el sistema. No es pues de extrañar que las humanidades sean progresivamente relegadas en beneficio de disciplinas más “prácticas” desde el punto de vista de la razón instrumental.

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Un euro más que el que más gane

modeda de euroPartiendo de la evidencia de que no existen grupos de personas que sean intrínsecamente malvadas (aunque sí que es cierto que unos sectores son más degenerados que otros) se hace necesario comprender cómo una serie de personas puede sentirse legitimada para decidir sobre los demás. Teniendo en cuenta que el tema sería amplio de tratar me gustaría centrarme aquí en un único aspecto que, por lo que llevo visto, parece que se suele pasar por alto en el reciente conflicto de los controladores acaecido en España.
Fabio Capello siempre pide como sueldo un euro más que el sueldo del jugador mejor pagado. Como entrenador experimentado que es ha aprendido que resulta complicado ejercer como figura de autoridad sobre alguien (en este caso sus jugadores) que gana más dinero que él mismo. Ciertamente esto delata un marco con una pobreza humana muy grande. Principalmente para los que deben de admitir la autoridad, pero también para el que se ve absorbido y acaba transigiendo con este orden de valores para hacerse valer. Lo remarcable de esta situación es que el dinero se consagra como el rey que otorga dignidad. Una cualidad económica que se extiende al ámbito moral de manera similar a la creencia de la primitiva herencia puritana norteamericana bajo la que el que poseía más dinero era el bendecido por Dios.
Esta visión simplista no sólo pervive en la sociedad moderna sino que además es azuzada por el actual sistema económico. Fruto de ello nos encontramos con que infinidad de personas se encuentran en el caso de los mencionados futbolistas, el de contemplar la propia valía y la de los demás teniendo en cuenta el poder económico de cada persona. Si centralizamos nuestra atención en el status de los controladores observaremos que el hecho de que el que este grupo de personas se sepa excelentemente pagado induce a la mayoría a sentirse legitimados en mayor medida en sus acciones. Al parecer paralelamente se ha dado la circunstancia de que ha habido una explotación de este colectivo por parte de sus superiores, cosa que ha acarreado la peculiar situación de que personas muy explotadas vean agredida la alta imagen que tenían de sí mismas y, consecuentemente, se sientan con potestad suficiente para ejercer las más audaces acciones.
Así pues, después de que pase la confusión que siempre genera toda actualidad, se hace necesario comprender uno de los verdaderos problemas que se encuentran detrás de todo lo que ha pasado y que no es otro que el vernos sumidos en un orden de valores materialista en el que las personas quedan cosificadas según cifras económicas.

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Linux es mejor que Windows y además fomenta una sociedad mejor

Tux LinuxA grandes rasgos se podría decir que hoy en día Linux está en condiciones de ofrecer lo mismo que ofrece Windows pero de un modo más racional. Dada esta situación no queda otra que contemplar Windows como una corporación que está usurpando un espacio de todos a base intentar mantener el monopolio que ha formado desde finales del siglo pasado. En cuanto a este aspecto Windows no es más que un pequeño grupo de personas reteniendo algo que podría y debería ser del dominio de todos con el único fin del provecho económico. Así pues algo aparentemente tan banal como un sistema operativo acaba por ser un medio más de control de la sociedad y una justificación de un sistema económico y político que perjudica a muchos en beneficio de unos pocos.
Aunque, como no podría ser de otra manera hay defensores de ambos sistemas operativos, mi experiencia me dice que los defensores de Windows suelen tener como fondo principal y velado de sus argumentos la sumisión a un “gran poder” establecido (en este caso Microsoft). No voy a negar que existan apartados “más desarrollados” en Windows como, por ejemplo, la mayor cantidad de programas. Pero lo fundamental es que en esencia Windows es un sistema operativo que ya nace “enfermo” y que, como tal, no permitirá que algo sano se desarrolle plenamente si se desarrolla desde él. Comenzaré justificando a Linux como sistema operativo frente a Windows desde ahí buscaré comprender las implicaciones socioeconómicas que se derivan.
Windows, al ser software propietario, no puede permitir que el resto de las personas tengan acceso a su código. Solamente este hecho ya hace que sea fácilmente susceptible a múltiples ataques (virus, malaware, etc…). Cualquier usuario de Windows habrá pasado por la experiencia de que un fichero o programa se ejecuta por cuenta propia y realiza las acciones que él quiere sin consentimiento y/o sin conocimiento del usuario. En Linux no sucede así. Al estar a la vista el código los virus tienen muchas más dificultades para “esconderse” y ser funcionales. Tampoco hay que olvidar que donde hay una ley siempre puede haber una trampa. Linux, al igual que cualquier sistema operativo, tiene agujeros de seguridad que lo hacen susceptible de recibir ataques. La diferencia principal con Windows es que, al estar el código a la vista, existe una amplia comunidad que puede solventar el problema en muy poco tiempo. De esta forma es frecuente que cualquier agujero en el sistema de Linux sea solventado en muy poco tiempo, cosa que es mucho más lenta en Windows. Pero la poca transparencia en el código tiene más implicaciones porque las sucesivas versiones de Windows deben de buscar un mínimo de compatibilidad entre ellas. Algo que genera muchas más líneas de código y, por tanto, una infinidad mayor de rodeos para que el ordenador realice la misma operación. En Linux no existe este importante problema de compatibilidad porque la actualización completa del sistema operativo se hace de forma gratuita. Así que los programadores no necesitan multiplicar excesivamente las líneas de código ni el número de operaciones que debe realizar el sistema operativo para que una misma función sea compatible en distintas versiones del sistema operativo.
Todo lo anterior no sería más que una serie de diferencias entre dos productos. Se podría pensar que parece más lógico uno que otro pero, a fin de cuentas, es como si nos equivocamos de nevera a la hora de hacer la compra. Lo peor que nos pasaría es que su rendimiento sería peor pero sin mayores implicaciones. Con Linux no sucede así. Es muy conocida la circunstancia de que los adeptos a Linux lo son en buen número porque representa un modo de vida. Aunque podría parecer excesiva esta calificación y de hecho muchas veces se satiriza no sin motivo, lo cierto es que Linux supone un modo de relacionarse y de interactuar más próximo al de un ideal humanista.
En su mayor parte Linux se basa en el “todo es de todos”. Ya no es necesario estar comprando los programas como en Windows porque una aplicación creada por alguien en el otro lado del planeta puede estar disponible para que la use cualquiera. Podría alegarse que también multitud de usuarios de Windows disponen de cualquier aplicación “gratuitamente”. La diferencia es que esta “gratuidad” no suele ser más que un robo, que es lo que realmente está en el fondo del “pirateo” común. Si se escoge la opción moralmente más adecuada (la de no robar) nos encontraremos con que, o bien nos gastamos un dineral que no está al alcance de mucha gente, o bien optamos por programas de escasa valía que poco nos ayudarán con la mayor parte de necesidades más comunes. En el primer caso se estará fomentando la banalización del robo y la consiguiente orientación del carácter que conlleva. Como todo el mundo obtiene lo que quiere robando el robo se banaliza pasando a ser irrelevante y, lo que es peor, asumido socialmente como una forma aceptada de dirigirse en la vida. Para el segundo caso simplemente nos encontraremos con que hemos perdido el tiempo con la adquisición de un ordenador. Pero el que se comparta la propiedad en Linux tiene otras connotaciones porque también se fomenta un ambiente en el que el objetivo ya no es poseer las mejores aplicaciones o sistemas operativos (con la consiguiente diferenciación de clases sociales entre sus usuarios), sino en buscar la forma de compartirlas. De esta manera, aunque el contexto no implique necesariamente las buenas actitudes, sí que las fomenta. Es conocido que los usuarios de Linux suelen ser gente creativa y con iniciativa, algo que viene dado porque el propio sistema permite innovarse y adecuarse a los gustos de los usuarios con lo que el que quiera tiene margen para la iniciativa y el desarrollo personal.
Aunque pueda haber similitudes entre distintos sistemas operativos, lo cierto es que al entrar en uno nuevo entramos en un mundo y en un estado de cosas diferenciado con sus propias reglas. Esto hace que cambiar a otro sistema operativo sea algo que requiera de un cierto grado de valentía. A mi juicio el tránsito que fácilmente se puede encontrar un neófito que decida cambiarse a Linux después de estar usando Windows durante toda su vida es bastante parecido al que describe Platón en el mito de la caverna. De igual manera es fácil que alguien que no conoce nada distinto piense que su hábitat es el mejor o el natural, y que incluso tenga problemas para acostumbrarse a algo más lógico y verdadero después de haber permanecido siempre bajo algo que se ha desarrollado por el camino torcido. Microsoft, como gran corporación que es, lo sabe y busca aprovecharse de este factor para seguir controlando la opinión de los usuarios y que así se sigan manteniendo fieles a su producto y a lo que conlleva. Es por esto que Microsoft busca menospreciar el software libre mediante campañas publicitarias, fomentando el mito de que algo gratis no puede ser de igual valor que algo de pago o, si nos atenemos a lo que descubre Wikileaks, haciendo juego sucio para impedir el desarrollo del software libre. Una de las formas que tiene el capital para buscar perpetuarse.

Nota: Mi artículo también se puede leer desde Rebelión.

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